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La decencia, la dignidad se retrata con una corbata, un collar de perlas, un pescuezo estirado, nada más decente que un pescuezo estirado. En este mundo de cinismo nunca se pinta la dignidad descalza, embarrada, desgreñada por la lucha cotidiana. Los ”luchadores” son pulcros y perfumados y se pasean por palacios de gobiernos, de instituciones de utilería. Se otorgan, entre si, premios de paz, de lucha, de derechos humanos, y los reciben con grotescos discursos que desdicen la razón del premio otorgado. Su voz dice ser la del pueblo que oprimen, y en nombre del pueblo piden que el pueblo sea arrasado.

El antichavismo es una factoría de estos personajes que van pasando por la historia sin un ápice de vergüenza, con sus rodillas encallecidas, sus bolsillos llenos con la estafa de una lucha por la libertad y los derechos que nadie les ha quitado. Por ahí va Julio Borges, hace poco avistado tomándose una cerveza en una terraza de Buenos Aires, lejos de los padecimientos que producen las sanciones que él gestiona ante sus amos. Por ahí va Ledezma, el que mataba estudiantes, y medio mataba viejitos, haciendo esfuerzos vampirescos para superar la viscosidad de Borges, porque la sanciones no son suficiente sufrimiento para el pueblo que los desprecia, Ledezma quiere una intervención “humanitaria”.

Experto en esas intervenciones, José María Aznar, con su millón y pico de muertos encima -“Créanme, Iraq tiene armas de destrucción masiva“- convoca a sus carniceros menores en torno a un premio que llamó “Libertad”, como una burla para disimular inocultables costuras genocidas.

Allí, henchido de orgullo sanguinario, acompañando a su co-títere imperial Luis Almagro, estaba Antonio Ledezma, cuya gira cinco estrellas para pedir que invadan a Venezuela, no le deja tiempo ni para ver a su familia que, gracias a La Virgen Dorada de Altamira, vive lejos del país que el vampiro suplica sea arrasado.

Lo mismo que Borges, y Machado, Ramos Allup… Ellos resguardan a sus hijos lejos del infierno que quieren imponerle a los nuestros y lo hacen sin disimulo. Supongo que esa es una de las causas, entre tantas, que les ha ganado el desprecio y la desconfianza, esa soledad política que ellos, con su cinismo característico, traducen hoy como “Falta de condiciones para una elección presidencial”.

Fuente: carola chavez