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El progresismo es un mal urbano, clasemedia, tan soso como peligroso. Es un reguero de pincelitos súper lindos, con logos de coloritos cuchis, diseñados en estudios de marketing, con el fin de demostrarnos que no hay capitalismo feo sino mal maquillado.

Los progres salen sus banderas, con sus logos y sus causas fragmentadas, inconexas, a librar luchitas, impulsando campañas para que creamos que nosotros somos responsables del desastre porque compramos ropa fabricada por niños que no ganan un dólar al mes y usamos en bolsas plásticas que luego se traga una ballena y ¡maldita humanidad!…

El progresismo es siempre mínimo y nos vende sus nimiedades como grandes proezas. Entonces el primer ministro de Holanda agarra un coleto y limpia un café que derramó en su oficina, y ¡Ains, que lindo! Aprende Maduro, aprendan todos, que eso sí es un presidente. Al progresismo le importa el café derramado en Holanda, pero no la sangre derramada en Libia o Siria, gracias a las balas de ejército holandés. Para los progres, Holanda es tulipanes, marihuana legal, bicicletas y un mandatario que pasa coleto.

En España, el progresismo aplaude un novedoso gabinete ministerial con más ministras que ministros. ¡Igualdad de géneros! -celebran, aunque lo único que tengan en común una ministra sifrina y una obrera en el paro, sea la totona… y ni eso… Y sin ser aguafiestas, tenemos que alegrarnos “todos y todas” porque los puestos de poder, antes reservados para hombres blancos y sifrinos, los ocupen ahora mujeres sifrinas y blancas… Y Lola en la cola del paro, orgullosa de tan importante logro, y tal…

Por aquí también han pasado con su efímera legalización de la marihuana, con la idea de que la humildad es un par de chancletas, de que la cobardía es estrategia, que las revoluciones tienen años sabáticos, para que sus comandantes puedan tener un programa de tele donde pueda entrevistar y hasta llamar “Premio Nobel de la Paz” al presidente de un país vecino que, cuando fue ministro, ordenó bombardear al país del entrevistador.

Eso es el progresismo, lindo, potable, convenientemente inofensivo, plagado de gremiecitos, ONGs y logros inútiles. No como esas revoluciones de los pueblos, que levantan una polvareda y desordenan todo, que son feas y malas porque luchan por cambiar las cosas de verdad, verdad.

Fuente: carola chavez